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(ES) Las nuevas reglas del poder — combustible verde, miedo y el campo de batalla oculto — Café con Leche — Episodio #20

Bienvenidos de nuevo a Café con Leche, el podcast bilingüe de geopolítica donde dominas el inglés y el español sumergiéndote en las historias más relevantes que están redefiniendo el poder global. Soy Felipe, y en el episodio 20 exploramos un mundo donde el poder ya no siempre es visible — sino que está cada vez más integrado en los sistemas de los que dependemos. Comenzamos con la promesa de la aviación “verde”, donde el Combustible de Aviación Sostenible pretende reconciliar el crecimiento con la descarbonización. Pero como veremos, esta transición no es solo tecnológica — es profundamente política. Porque cuando la demanda de lo “verde” supera la realidad, la sostenibilidad misma se vuelve negociable. Después, nos adentramos en la lógica del miedo y la supervivencia, utilizando a Thomas Hobbes para entender por qué Finlandia y Suecia abandonaron la neutralidad y entraron en la OTAN — no por ideología, sino por necesidad estructural. Luego analizamos la economía global, donde la Unión Europea está rediseñando silenciosamente sus cadenas de suministro — ya no en torno a la eficiencia, sino a la confianza. En un mundo de riesgo geopolítico, la globalización ya no trata de apertura, sino de alineación. A continuación, examinamos a Pakistán — no como un actor pasivo, sino como un mediador estratégico que se posiciona en el centro de la crisis. Porque hoy, la relevancia no se construye evitando conflictos, sino gestionándolos. Y finalmente, entramos en el campo de batalla más invisible de todos: el mundo digital, donde el espionaje ya no ocurre en las sombras, sino a través de plataformas, incentivos financieros y relaciones profesionales cotidianas. A lo largo de todos estos temas, surge una pregunta central:  ¿Qué ocurre cuando el poder deja de ejercerse de forma visible — y pasa a operar de manera estructural, silenciosa e invisible?

TEMA 1: Cuando lo “verde” se vuelve negociable — SAF, poder y la política de la escasez — Café con Leche — Episodio #20

El Combustible de Aviación Sostenible (SAF) se presenta como la solución que permite que la aviación siga creciendo mientras las emisiones disminuyen. Promete continuidad sin sacrificio: los aviones siguen volando, las economías permanecen conectadas y los objetivos climáticos se cumplen mediante la sustitución tecnológica, en lugar de cambios estructurales.

Pero desde una perspectiva de economía política global, el SAF no es simplemente un combustible más limpio. Es un mercado construido políticamente, basado en mandatos, subsidios, regímenes de certificación y cadenas de suministro globales profundamente desiguales.

El mandato de SAF del Reino Unido ilustra claramente esta dinámica. Al exigir legalmente que las aerolíneas mezclen proporciones crecientes de combustible “sostenible” —hasta alcanzar el 10% en 2030— el Estado no solo está apoyando una transición; está creando demanda.

Esa demanda se traduce en valor financiero mediante certificados negociables, señales de inversión a largo plazo y expectativas políticas de escasez futura. En términos de Susan Strange, esto es poder estructural en acción: el poder de moldear mercados, definir la legitimidad y establecer las condiciones bajo las cuales otros deben operar.

En el centro de esa tensión se encuentra la escasez de materias primas. Las vías más viables comercialmente para producir SAF dependen en gran medida de insumos basados en residuos, especialmente aceite de cocina usado y grasas animales. Estos materiales resultan atractivos porque pueden presentarse como circulares y bajos en carbono.

Sin embargo, su oferta es inherentemente limitada. Simplemente no existe suficiente aceite de desecho real en el mundo para satisfacer la demanda en rápida expansión generada por los mandatos de SAF en Europa y más allá. Este desajuste entre ambición política y disponibilidad física no es un problema técnico; es un problema de economía política.

Cuando el “residuo” adquiere valor, su definición se vuelve disputada. La propia categoría empieza a estirarse. ¿Qué cuenta como aceite de cocina usado? ¿Quién verifica su origen y en qué punto dentro de una cadena de suministro transnacional y fragmentada?

En este contexto, la sostenibilidad deja de ser una propiedad fija del combustible. Se convierte en una afirmación — una que debe certificarse, comercializarse y, sobre todo, creerse.

Aquí es donde entra la geopolítica. El Reino Unido y Europa no controlan las materias primas de las que dependen sus estrategias de descarbonización. En su lugar, dependen de cadenas de suministro globales que se extienden hacia regiones donde los estándares de gobernanza, incentivos económicos y políticas estatales difieren significativamente.

La controversia en torno a grandes productores como Neste pone de relieve la fragilidad de este sistema. El SAF depende de la confianza — confianza en que las materias primas son lo que dicen ser, en que las reducciones de emisiones son reales y en que el daño ambiental no se está simplemente desplazando geográficamente.

Las finanzas amplifican esta dinámica. El SAF no es solo un combustible; es una clase de activo emergente dentro del ecosistema de las finanzas verdes. Certificados, subsidios y mandatos regulatorios transforman el combustible en un vehículo de inversión, especulación y cumplimiento normativo.

Lo que emerge, entonces, es una contradicción estructural. El Reino Unido busca descarbonizar la aviación mientras mantiene su crecimiento. Impone una transición hacia combustibles sostenibles mientras depende de cadenas de suministro que no controla.

El resultado es una paradoja en el corazón de la transición verde: cuanto más el Reino Unido obliga el uso de “combustible verde”, más depende de una cadena de suministro donde lo “verde” se vuelve negociable.

En este sentido, el SAF no es solo una solución tecnológica. Es una prueba de si la política climática puede mantener su credibilidad en un mundo de producción globalizada y gobernanza desigual.

TEMA 2: Seguridad, miedo y el contrato social — por qué Finlandia y Suecia eligieron la OTAN — Café con Leche — Episodio #20

En la teoría política clásica, el Estado existe para resolver un problema fundamental: el miedo. Para Thomas Hobbes, la vida sin autoridad — en el famoso “estado de naturaleza” — no es libertad, sino inseguridad.

Es un mundo donde la violencia siempre es posible, donde la confianza es frágil y donde la supervivencia depende de una vigilancia constante. Su conclusión era clara: los individuos ceden parte de su libertad a un soberano a cambio de protección. Este es el contrato social.

Pero Hobbes no solo hablaba de individuos. Su lógica puede ampliarse — de los ciudadanos a los Estados. En la política internacional, no existe un soberano global. No hay un gobierno mundial capaz de garantizar la seguridad.

El sistema sigue siendo, en muchos sentidos, hobbesiano: anárquico, incierto y marcado por la posibilidad constante de conflicto. Los Estados, como los individuos, deben encontrar formas de escapar de la vulnerabilidad.

Durante décadas, Finlandia y Suecia siguieron una estrategia de neutralidad. Esto no era idealismo ingenuo, sino una posición calculada dentro de un orden europeo relativamente estable.

Esa suposición se derrumbó con la invasión rusa de Ucrania. De repente, la realidad hobbesiana de la política internacional volvió a hacerse visible. La guerra dejó de ser teórica. Las fronteras dejaron de ser estables.

En este nuevo entorno, la neutralidad comenzó a parecer menos independencia — y más exposición. Aquí es donde Hobbes se convierte en geopolítica.

Si el contrato social consiste en intercambiar autonomía por seguridad, entonces la OTAN representa una versión colectiva de ese contrato. Al unirse a NATO, los Estados aceptan restriccionesalineamiento, obligaciones e integración estratégica — a cambio de una garantía creíble de seguridad.

El Artículo 5 es el núcleo de esta lógica: un ataque contra uno es un ataque contra todos. En términos hobbesianos, es lo más cercano a un soberano que existe en el sistema internacional.

Para Finlandia y Suecia, la decisión no fue ideológica. Fue estructural. No se volvieron de repente más “pro-occidentales”. Recalcularon el riesgo.

Cuando el coste de permanecer fuera de una estructura de seguridad supera el coste de entrar en ella, el contrato social se vuelve racional a nivel estatal. La seguridad, en este sentido, no trata de valores. Trata de supervivencia.

Aquí es donde Susan Strange añade una capa más profunda. El poder no se limita a la fuerza militar, sino que reside en las estructuras que condicionan las opciones. La OTAN no es solo una alianza — es una estructura de seguridad que define quién está protegido, cómo se distribuye el riesgo y dónde reside la vulnerabilidad.

La lección es más amplia. Cuando el sistema se vuelve más incierto, los Estados actúan menos como idealistas y más como actores hobbesianos. Buscan protección. Priorizan la supervivencia sobre la autonomía.

Porque, al final, el contrato social — ya sea entre ciudadanos o entre Estados — se basa en un intercambio simple: Menos libertad………… A cambio de más seguridad. Y cuando el miedo regresa al sistema, ese intercambio deja de ser opcional — y se vuelve inevitable.

TEMA 3: De la globalización a la alineación — por qué la UE está reconstruyendo las cadenas de suministro con socios de confianza — Café con Leche — Episodio #20

La globalización se construyó sobre un principio simple: producir donde sea más barato, enviar donde sea necesario y asumir que el sistema funcionará. Durante décadas, la eficiencia fue la lógica organizadora de la economía global.

Las cadenas de suministro se extendieron por continentes no porque fueran seguras, sino porque eran rentables. Pero esa lógica está empezando a desmoronarse.

El acuerdo emergente entre la Unión Europea y Australia refleja una transformación más profunda: el comercio ya no es neutral y las cadenas de suministro ya no son apolíticas.

En el centro de este cambio se encuentra un problema fundamental: la dependencia. Durante las últimas dos décadas, las cadenas de suministro globales —especialmente en sectores críticos como las tierras raras, litio y los componentes para baterías— se han concentrado fuertemente en China.

Esta concentración generó eficiencia, pero también vulnerabilidad. Las mismas redes que redujeron costes también expusieron a las economías a interrupciones, coerción y presión geopolítica.

El acuerdo entre la UE y Australia no trata simplemente de ampliar el comercio. Trata de reconfigurar la dependencia. Australia posee vastas reservas de minerales críticos esenciales para la transición energética.

Esta es la esencia de lo que economistas y responsables políticos denominan ahora friendshoring. La producción y el abastecimiento ya no se organizan a escala global de forma indiscriminada, sino de manera selectiva, concentrándose en países que comparten valores políticos, confianza institucional y alineación estratégica.

En este modelo, la resiliencia sustituye a la eficiencia como objetivo principal. Pero este cambio conlleva costes. El friendshoring es, por definición, menos eficiente que la globalización en su punto álgido.

Sin embargo, estos costes se consideran cada vez más el precio de la seguridad. La pregunta ya no es “¿qué es más barato?”, sino “¿qué es sostenible bajo presión geopolítica?”.

La estrategia de la UE refleja una transformación más amplia en la economía política global: la convergencia entre política industrial, política climática y política de seguridad.

En este contexto, el acuerdo UE–Australia no es un caso aislado. Forma parte de un patrón más amplio: una fragmentación gradual de la economía global en bloques de confianza superpuestos. Estos bloques priorizan la alineación sobre la apertura, la resiliencia sobre la eficiencia y la estrategia sobre la neutralidad.

La globalización no está desapareciendo. Pero está siendo reconfigurada. Y en ese mundo, las cadenas de suministro ya no son solo redes económicas. Son instrumentos de poder.

TEMA 4: La mediación como estrategia — por qué Pakistán se está posicionando en el centro de una crisis geopolítica — Café con Leche — Episodio #20

En geopolítica, la mediación rara vez es neutral. Los Estados no intervienen para resolver conflictos por pura buena voluntad; lo hacen porque la crisis crea oportunidades.

Y en momentos de escalada, aquellos que pueden hablar con todas las partes suelen obtener algo mucho más valioso que la paz: relevancia.

Esto es precisamente lo que estamos observando con Pakistán, que se posiciona entre Irán y los Estados Unidos. A primera vista, el papel de Pakistán parece diplomático: facilitar mensajes, fomentar la desescalada y ofrecerse como sede para conversaciones.

Pero bajo esa superficie se esconde un cálculo mucho más estratégico. Pakistán no solo intenta detener una guerra. Intenta reinsertarse en el orden internacional.

Durante años, Islamabad se ha visto cada vez más limitado. Las tensiones con India, la inestabilidad en la frontera con Afganistán y cierto aislamiento diplomático han reducido su margen de maniobra.

Pero la mediación también está impulsada por el miedo. El conflicto entre Irán y Estados Unidos no es distante para Pakistán — está peligrosamente cerca. El Golfo Pérsico no es solo un escenario geopolítico; es una arteria vital para los flujos de energía, las rutas comerciales y la estabilidad regional.

Este riesgo se intensifica por los profundos vínculos de Pakistán con Arabia Saudí. Un acuerdo de defensa mutua implica que una guerra regional más amplia podría arrastrar directamente a Islamabad al conflicto. Más aún, las capacidades nucleares de Pakistán elevan considerablemente las apuestas.

Esta doble lógica —oportunidad y restricción— explica el comportamiento de Pakistán. No actúa como un mediador neutral, sino como un Estado que navega presiones estructurales.

Lo que hace a Pakistán especialmente apto para este papel es su posición entre mundos. Mantiene relaciones funcionales con Washington, canales de comunicación con Teherán y vínculos estratégicos con las monarquías del Golfo. No está completamente alineado ni completamente aislado.

En un sistema internacional cada vez más fragmentado, esta posición intermedia se convierte en una fuente de poder. Sin embargo, los límites de esta mediación son evidentes.

La mediación hoy no consiste en poner fin a los conflictos. Consiste en contenerlos, moldearlos y sobrevivir dentro de ellos.

Porque en un mundo definido por el conflicto, a veces la posición más poderosa no es ganar la guerra — sino situarse en el centro de ella.

TEMA 5: El nuevo campo de batalla del poder: el espionaje en la era de las plataformas digitales — Café con Leche — Episodio #20

En la geopolítica contemporánea, el poder ya no se ejerce únicamente a través de la fuerza militar, la coerción económica o el control territorial. Cada vez más, se proyecta mediante la adquisición silenciosa de información.

La reciente revelación de una operación de inteligencia china dirigida a empleados de instituciones europeas a través de plataformas profesionales ilustra una transformación más profunda en la estructura del poder global.

Este caso no trata simplemente de espionaje; representa un cambio hacia un sistema en el que el conocimiento mismo se convierte en el principal terreno de competencia.

Según fuentes de seguridad europeas, los servicios de inteligencia chinos contactaron a decenas de personas vinculadas a la Unión Europea y a la OTAN mediante perfiles falsos en LinkedIn, estableciendo relaciones progresivas que condujeron al intercambio de información sensible.

Lo que comenzó como solicitudes aparentemente legítimas de análisis remunerados evolucionó hacia el acceso a información no pública e incluso, en algunos casos, clasificada. Este método refleja un nuevo modelo de recopilación de inteligencia, integrado en la infraestructura de la vida digital cotidiana.

Esta transformación marca una ruptura con las prácticas tradicionales de espionaje. Durante la Guerra Fría, las operaciones de inteligencia dependían de la proximidad física, intermediarios humanos y comunicaciones clandestinas.

Hoy, sin embargo, las plataformas digitales se han convertido en el nuevo entorno operativo. LinkedIn, diseñado originalmente como una herramienta de networking profesional, puede ser reutilizado como un mecanismo de reclutamiento.

En este contexto, las plataformas funcionan como nodos estratégicos a través de los cuales los flujos de información pueden ser accedidos, redirigidos y explotados. El poder, por tanto, ya no se define únicamente por el control del territorio, sino cada vez más por el control de redes y puntos de acceso.

Una característica clave de este nuevo modelo es su lógica económica. Los informes indican que las personas reclutadas recibieron pagos de cientos o incluso miles de euros por informes y análisis. Esto introduce una dimensión de mercado en la actividad de inteligencia.

En lugar de depender de la coerción o la alineación ideológica, los Estados pueden recurrir a incentivos financieros para obtener información. De este modo, el espionaje se convierte parcialmente en una actividad mercantilizada.

Esta dinámica difumina la frontera entre la actividad profesional legítima y la vulnerabilidad estratégica. Muchas de las personas objetivo eran académicos, analistas o antiguos funcionarios.

Para la Unión Europea, esto plantea un dilema estructural. La UE se basa en principios de apertura, transparencia y libre circulación de ideas. No obstante, estos mismos principios la exponen a estrategias asimétricas de actores externos.

Además, la dimensión temporal de estas operaciones es significativa. Funcionarios de inteligencia sugieren que estas actividades llevan años en marcha, formando parte de una estrategia más amplia y de largo plazo. Este modelo es acumulativo.

Quizás el aspecto más relevante de esta transformación es su invisibilidad. No hay confrontaciones abiertas, ni crisis inmediatas, ni señales claras de escalada. En su lugar, el poder se ejerce a través de interacciones sutiles y, a menudo, imperceptibles.

En conclusión, la aparición del espionaje mediado por plataformas digitales señala un cambio fundamental en la naturaleza del poder global. En un mundo definido por la conectividad, la capacidad de acceder y explotar conocimiento puede resultar más decisiva que el control de recursos físicos.

Conclusión

Si el episodio 20 revela algo, es lo siguiente: El poder no ha desaparecido — ha cambiado de forma. Ya no necesita imponerse únicamente a través de la fuerza. Ahora moldea mercados, redefine la sostenibilidad, reorganiza cadenas de suministro, gestiona crisis y extrae información — a menudo sin confrontación, y a menudo sin visibilidad. Lo que conecta el combustible “verde”, las alianzas militares, los acuerdos comerciales, la mediación y el espionaje digital no es el tema — sino la estructura que los sostiene.

El poder hoy opera a través de sistemas. Y quienes entienden el sistema — quienes controlan las definiciones, los flujos y las redes — no solo participan en el orden global. Lo moldean. Porque en el mundo al que estamos entrando, las luchas más decisivas no siempre serán las más visibles. Serán aquellas que están integradas en las reglas, los incentivos y las infraestructuras que definen cómo funciona el mundo.