(ES) El mundo bajo presión: nuevas geografías del poder - Café con Leche - Episodio #17
Bienvenidos a Café con Leche -el podcast bilingüe de geopolítica donde exploramos el poder global a través de los temas más importantes que están moldeando la política internacional hoy en día. Como siempre soy tu anfitrión Felipe…..
En el episodio de hoy viajamos desde el Golfo Pérsico hasta Europa, América Latina y el Reino Unido para examinar cómo el sistema internacional está cambiando silenciosamente. Analizamos las nuevas vulnerabilidades energéticas de Europa en un mundo dominado por la geopolítica del gas natural licuado, el papel inesperado de España como una puerta estratégica de gas hacia Europa, la resiliencia del régimen iraní, la creciente importancia de la financiación del desarrollo en las Américas y la fragmentación política que comienza a emerger en el Reino Unido.
En conjunto, estas historias revelan un patrón más profundo: el poder en el mundo actual está cada vez más determinado no solo por la fuerza militar, sino también por las infraestructuras, las instituciones y las expectativas de los votantes.
Comencemos.
TEMA 1: Irán al borde — ¿es posible la caída de la República Islámica?
Durante más de cuatro décadas, la República Islámica de Irán ha sobrevivido guerras, sanciones económicas, crisis internas y repetidas olas de protestas populares. En numerosas ocasiones se ha predicho su colapso. Sin embargo, el régimen ha demostrado ser mucho más resistente de lo que muchos de sus críticos esperaban.
Ahora, mientras el líder opositor en el exilio Reza Pahlavi afirma que “la caída del régimen iraní está al alcance de la mano”, la pregunta vuelve a situarse en el centro del debate internacional: ¿puede realmente colapsar la República Islámica?
Para responder a esta pregunta es necesario separar la retórica política de la realidad estructural. Los regímenes autoritarios rara vez caen simplemente porque sean impopulares. Caen cuando los pilares que sostienen el sistema comienzan a fracturarse. En el caso de Irán, tres pilares han protegido históricamente al régimen: el aparato de seguridad, la legitimidad ideológica del sistema y las redes económicas que mantienen la lealtad de las élites.
El primer pilar es el más importante. El Estado iraní descansa en gran medida sobre el poder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, una institución militar y económica creada tras la revolución de 1979. La Guardia Revolucionaria no es simplemente un ejército. Es un actor político, un conglomerado empresarial gigantesco y uno de los principales guardianes de la identidad ideológica del régimen. Mientras esta institución permanezca unida y leal, la probabilidad de un colapso repentino del sistema seguirá siendo limitada.
El segundo pilar es la legitimidad ideológica. La República Islámica se construyó sobre una visión revolucionaria que combina la teología política chií con un fuerte nacionalismo antioccidental. Con el paso del tiempo, ese proyecto ideológico se ha ido debilitando. Muchos jóvenes iraníes ya no se identifican con el relato revolucionario de 1979. Las protestas que siguieron a la muerte de Mahsa Amini en 2022 revelaron un cambio generacional profundo dentro de la sociedad iraní. Sin embargo, la pérdida de legitimidad por sí sola rara vez provoca la caída de un régimen.
El tercer pilar es el sistema de patronazgo económico. El sistema político iraní distribuye recursos a través de redes vinculadas al Estado, al estamento clerical y a la Guardia Revolucionaria. Estas redes garantizan que sectores poderosos dentro del país tengan un interés directo en la supervivencia del régimen. Incluso bajo fuertes sanciones internacionales, estos mecanismos ayudan a mantener la cohesión de las élites.
Por esta razón, la caída de la República Islámica probablemente no se produciría únicamente a través de protestas populares, sino mediante una ruptura dentro del propio régimen. La historia demuestra que los sistemas autoritarios colapsan cuando aparecen divisiones dentro de la coalición gobernante: cuando las fuerzas de seguridad se niegan a reprimir a la población, cuando las élites económicas empiezan a desertar o cuando las facciones políticas pierden confianza en el liderazgo.
Las crisis externas pueden acelerar este proceso. Las confrontaciones militares, las crisis económicas o el aislamiento internacional pueden aumentar la presión sobre el régimen. Sin embargo, incluso crisis muy severas no garantizan un cambio de régimen. La República Islámica ha sobrevivido a la guerra con Irak, a décadas de sanciones y a repetidos episodios de agitación social.
¿Cuál es entonces la probabilidad real de su caída? A corto plazo, la probabilidad de un colapso repentino sigue siendo relativamente baja. El aparato de seguridad permanece cohesionado y el Estado mantiene capacidad para controlar protestas a gran escala.
A medio y largo plazo, sin embargo, las presiones estructurales sobre el sistema están aumentando. Irán enfrenta estancamiento económico, cambios demográficos, fragmentación política y una creciente desconexión entre la élite gobernante y la sociedad.
El futuro de la República Islámica probablemente no estará determinado por un único momento revolucionario, sino por la erosión gradual de las instituciones que sostienen el sistema. Las palabras de Reza Pahlavi reflejan las esperanzas de la oposición iraní. Pero la historia demuestra que los regímenes rara vez caen simplemente porque sean débiles. Caen cuando las estructuras que los sostienen finalmente empiezan a romperse.
TEMA 2: Brasil regresa al centro financiero de las Américas
La elección de Ilan Goldfajn como presidente del Inter-American Development Bank marca un cambio importante en la economía política del hemisferio occidental.
Durante décadas, el Banco Interamericano de Desarrollo ha sido una de las instituciones financieras más influyentes de América Latina. A través de préstamos, financiación de infraestructuras y programas de desarrollo, la institución influye directamente en los flujos de inversión de la región, desde proyectos energéticos y corredores de transporte hasta iniciativas digitales y transición climática.
El liderazgo de Goldfajn señala también el regreso de Brasil al centro de la gobernanza financiera regional. Como la mayor economía de América Latina, Brasil ha desempeñado históricamente un papel decisivo en la definición de las prioridades de desarrollo del continente. Con un economista brasileño al frente del BID, Brasilia gana mayor capacidad para influir en la forma en que se distribuye el capital de desarrollo en las Américas.
En un mundo marcado cada vez más por la competencia en torno a infraestructuras, cadenas de suministro y financiación del desarrollo, instituciones como el Banco Interamericano de Desarrollo se han convertido en espacios estratégicos de influencia geopolítica.
La elección de Goldfajn, por tanto, no es solo un cambio de liderazgo. Refleja cómo las potencias regionales buscan posicionarse dentro de la arquitectura financiera que define el desarrollo económico en el Sur Global.
TEMA 3: España — la superpotencia gasística oculta de Europa
Cuando Europa decidió reducir drásticamente su dependencia del gas ruso tras la invasión de Ucrania, el debate político se concentró principalmente en Alemania. La mayor economía del continente había construido gran parte de su modelo industrial sobre el suministro de gas barato procedente de Rusia, y la ruptura de esa relación energética provocó una crisis que sacudió los cimientos de la política económica europea.
Sin embargo, mientras la atención se centraba en Berlín, una transformación silenciosa estaba ocurriendo en el extremo opuesto del continente. España, un país que durante mucho tiempo fue considerado periférico dentro del sistema energético europeo, empezó a ocupar una posición inesperadamente central en el nuevo mapa geopolítico.
Durante décadas, España invirtió de forma masiva en infraestructuras de gas natural licuado. A diferencia de Europa Central y Oriental, que dependía de gasoductos procedentes de Rusia, España tenía muy pocas conexiones por tubería con el resto del continente. Para garantizar su seguridad energética, el país construyó una extensa red de terminales de regasificación a lo largo de su costa. Puertos como Barcelona, Bilbao, Cartagena, Huelva y Sagunto se convirtieron en puntos de entrada para gas transportado por barco desde Argelia, Nigeria, Qatar o Estados Unidos.
En su momento, muchos analistas consideraron que aquella infraestructura era excesiva. España disponía de mucha más capacidad de gas natural licuado de la que realmente necesitaba. Pero las infraestructuras diseñadas para diversificar el suministro pueden volverse estratégicas cuando cambian las condiciones geopolíticas.
Cuando los flujos de gas ruso se desplomaron en 2022, Europa comenzó a buscar rutas alternativas de suministro. El gas natural licuado se convirtió rápidamente en la columna vertebral del nuevo sistema energético europeo. En lugar de gasoductos atravesando Siberia, el gas empezó a llegar por barco desde el Atlántico y el Mediterráneo.
Este cambio elevó la importancia de España casi de la noche a la mañana.
Hoy, la península ibérica posee aproximadamente un tercio de la capacidad de regasificación de gas natural licuado de toda la Unión Europea. En términos prácticos, esto significa que España tiene la infraestructura necesaria para recibir enormes volúmenes de gas procedentes de los mercados globales. Buques que transportan gas estadounidense, africano o de Oriente Medio atracan cada vez con más frecuencia en terminales españolas antes de que ese gas sea redistribuido por el sistema energético europeo.
Sin embargo, la posición de España también revela una de las paradojas del nuevo mapa energético europeo. A pesar de su enorme capacidad de importación, España sigue estando débilmente conectada con la red de gasoductos del resto del continente. La barrera natural de los Pirineos ha limitado históricamente las infraestructuras energéticas entre España y Francia, creando lo que muchos analistas describen como una auténtica isla energética. Grandes volúmenes de gas pueden entrar en la península ibérica, pero trasladarlos de manera eficiente hacia Europa Central sigue siendo complicado.
Esta limitación geográfica ha provocado años de debate dentro de la Unión Europea sobre la necesidad de construir nuevos corredores energéticos que conecten España con Francia y con la red europea. Proyectos como el antiguo MidCat o el nuevo corredor energético BarMar reflejan un reconocimiento creciente en Bruselas: la península ibérica podría convertirse en una de las principales puertas de entrada de energía para Europa.
Lo que emerge de esta transformación es un nuevo mapa de la geopolítica energética europea. En el sistema anterior, los gasoductos procedentes de Rusia dominaban los flujos energéticos del continente. La seguridad energética dependía en gran medida de las relaciones con Moscú y de la estabilidad de las infraestructuras que atravesaban Europa del Este.
En el nuevo sistema, los flujos de gas están cada vez más determinados por el comercio marítimo, las terminales de gas natural licuado y los mercados energéticos globales. Dentro de este modelo, los puertos y la infraestructura energética de España ocupan una posición estratégica entre las rutas atlánticas y mediterráneas.
Europa no sustituyó el gas ruso por independencia energética. Sustituyó una geopolítica de gasoductos centrada en Europa del Este por una geopolítica del gas natural licuado conectada con los mercados globales. Y en ese nuevo sistema, España se ha convertido silenciosamente en una de las puertas energéticas más importantes del continente.
TEMA 4: Europa escapó del gas ruso — pero no de la geopolítica energética
Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, la Unión Europea tomó una decisión histórica. En cuestión de meses, los gobiernos del continente comenzaron a desmontar una de las relaciones energéticas más importantes de la historia económica moderna: la dependencia europea del gas ruso transportado por gasoductos.
Durante décadas, ese sistema definió la geopolítica del continente. Los gasoductos que atravesaban Siberia y Europa del Este llevaban gas natural barato directamente al corazón industrial de Alemania, Italia y Europa Central. Aquella infraestructura creaba eficiencia y estabilidad, pero también generaba poder político. Moscú podía amenazar con cortar el suministro, manipular los flujos o utilizar la energía como herramienta estratégica.
La guerra destruyó ese modelo casi de la noche a la mañana. Nord Stream fue saboteado, los flujos de gas se desplomaron y los gobiernos europeos comenzaron a construir un nuevo sistema energético. Terminales de gas natural licuado aparecieron a lo largo de las costas europeas, se firmaron nuevos contratos con Estados Unidos y Qatar, y las rutas marítimas globales sustituyeron a la geografía fija de los gasoductos.
A primera vista, la transformación parecía una victoria estratégica. Europa había escapado de la coerción energética rusa.
Pero la realidad estructural es más compleja. Europa no eliminó la geopolítica energética. Simplemente cambió su geografía.
La dependencia de los gasoductos rusos ha sido reemplazada por una dependencia de los mercados globales de gas natural licuado. En lugar de depender de un solo proveedor conectado por tierra, Europa depende ahora de una compleja red marítima que se extiende por el Atlántico, el Mediterráneo y el Golfo Pérsico.
Esa red pasa por varios estrechos marítimos que actúan como cuellos de botella estratégicos en el sistema energético global.
El primero es el Estrecho de Ormuz, el corredor entre Irán y Omán por donde transita aproximadamente una quinta parte de las exportaciones mundiales de petróleo y gas natural licuado. Cualquier crisis en el Golfo Pérsico se transmite inmediatamente a los mercados energéticos internacionales. Incluso si Europa no importa grandes volúmenes directamente desde Qatar, los compradores asiáticos dependen profundamente del gas del Golfo. Si esos flujos se interrumpen, Asia competirá por cargamentos de gas procedentes de Estados Unidos o África, elevando los precios globales.
El segundo es el Canal de Suez, que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo. Para los cargamentos de gas natural licuado procedentes de Oriente Medio, el canal funciona como una autopista estratégica hacia Europa. Cuando el canal se bloquea o cuando la inestabilidad afecta al Mar Rojo, los buques deben rodear África, lo que aumenta el tiempo de transporte y reduce la disponibilidad de suministro.
El tercer cuello de botella es el Estrecho de Gibraltar, la puerta marítima entre el océano Atlántico y el Mediterráneo. Este paso se encuentra frente a la extensa red de terminales de gas natural licuado de España, que hoy representan algunos de los puntos de entrada de gas más importantes de toda la Unión Europea. En la nueva geografía energética europea, España se ha convertido silenciosamente en uno de los grandes centros gasísticos del continente.
Estos tres corredores marítimos ilustran una transformación fundamental en la seguridad energética europea. En el pasado, la geopolítica de la energía giraba en torno a gasoductos y control territorial. Hoy gira en torno a rutas marítimas, terminales de gas natural licuado y la estabilidad de las rutas oceánicas.
La Unión Europea logró reducir su dependencia del gas ruso. Pero el precio de ese éxito ha sido una integración mucho más profunda en la volatilidad de los mercados energéticos globales. La geopolítica energética no ha desaparecido. Simplemente se ha trasladado desde los bosques de Siberia hasta los estrechos de los océanos del mundo.
TEMA 5: Un panorama político británico cada vez más fragmentado
El primer ministro británico Keir Starmer reconoció recientemente una realidad cada vez más visible en la política del Reino Unido: los votantes están perdiendo la paciencia y exigen cambios concretos. Sus declaraciones se produjeron después de una elección parcial en la que el Green Party of England and Wales celebró una victoria que calificó de “sísmica”.
El resultado refleja una transformación más amplia dentro del sistema político británico. Durante décadas, la política del Reino Unido estuvo dominada por dos grandes partidos: Labour y los conservadores. Sin embargo, el aumento del coste de la vida, la crisis de la vivienda, las tensiones sobre la transición climática y la presión sobre los servicios públicos han generado un mayor descontento entre los votantes.
Las elecciones parciales no siempre predicen el resultado de unas elecciones generales, pero sí pueden revelar tendencias más profundas en la opinión pública. Cuando los ciudadanos perciben que los partidos tradicionales avanzan lentamente o no responden a sus preocupaciones, a menudo buscan alternativas políticas.
La victoria de los Verdes, por tanto, no representa solo una sorpresa electoral local. Refleja una creciente fragmentación del electorado británico, donde las lealtades políticas tradicionales se debilitan y los votantes están más dispuestos a explorar nuevas opciones.
Para el gobierno, el mensaje es claro: ganar una elección no garantiza paciencia. En un contexto de presión económica y cambios políticos rápidos, los ciudadanos esperan resultados visibles — y están dispuestos a castigar o recompensar a los partidos con mucha mayor rapidez que en el pasado.
Conclusión
Lo que conecta todas estas historias es la manera en que el poder está cambiando silenciosamente dentro del sistema internacional.
La búsqueda de seguridad energética en Europa demuestra que resolver una dependencia geopolítica a menudo genera otra. El paso de los gasoductos rusos a los mercados globales de gas natural licuado ha trasladado parte del riesgo hacia los océanos y hacia los estrechos marítimos que estructuran el comercio energético mundial.
El ascenso de España como centro estratégico del gas europeo muestra cómo infraestructuras construidas décadas atrás pueden adquirir una importancia geopolítica inesperada cuando cambian las condiciones internacionales.
El caso de Irán nos recuerda que los sistemas políticos rara vez colapsan simplemente porque enfrentan presión. Los regímenes suelen sobrevivir hasta que las instituciones que los sostienen comienzan a fracturarse.
En América Latina, el liderazgo dentro del Banco Interamericano de Desarrollo demuestra cómo la financiación del desarrollo se está convirtiendo en un espacio cada vez más importante de influencia geopolítica.
Y en el Reino Unido, la creciente fragmentación del electorado refleja un desafío más amplio para las democracias contemporáneas: los votantes esperan cambios más rápidos y más visibles.
En conjunto, estos acontecimientos muestran que la geopolítica actual no se limita a la competencia territorial o militar entre Estados. También se define por el control de redes — redes energéticas, redes financieras, instituciones políticas y las expectativas de las sociedades que navegan un mundo cada vez más incierto.
Gracias por escuchar Café con Leche.
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